42 horas en Viena / 2

Seguimos hoy con mi experiencia en Viena. Una ópera, una fiesta escandalosa, un ayuntamiento espectacular , un parque de atracciones como de otro tiempo y mucho, mucho frío es lo que depararon mis últimas horas a la ribera del Danubio.



La opera barroca no es a priori un plato de digestión sencilla para un neófito como yo. He visto bastantes porque llevo más de diez años disfrutando de las temporadas del Teatro Real de Madrid pero siempre me muestro reticente cuando me toca disfrutar de una de ellas, excepto cuando hablamos de Mozart. El año pasado empezaron a cambiar las tornas gracias a una magnifica representación de Rodelinda de Handel que me dejó con la boca abierta y con ganas de más.


El plan puede no resultar muy sugerente, entrada a las 17 :30 y salida a las 21:45, un total de  4 horas de una ópera que no es de las más dinámicas pese a tener un argumento bastante sencillo que se podría representar en la mitad de tiempo.  No se representó durante años pero con el boom operístico actual, la divulgación y los medios sociales tienen mucho que ver, seguro que quedará fijada dentro del repertorio barroco junto a otras como Alcina o Julio Cesar en Egipto, las dos más representadas del compositor en el temporada 2015/2016.

La duración no es ninguna pega si tenemos en cuenta  la experiencia que estaba a punto de vivir : ver una ópera en uno de los teatros, la Wiener Staatsoper, más impresionantes del mundo, dirigida por una eminencia en la música barroca, William Christie e interpretada por una orquesta, Les Arts Florissants, que cuenta quien de verdad entiende de esto, que es una fortuna que haya podido disfrutar precisamente por ser baluartes de la música barroca.


Ariodante es una historia de amor y equívocos de corte dramático que se estrenó el 8 de enero de 1735 en el Covent Garden de Londres y que compuso, como ya he comentado, George Frideric Handel. Un argumento que se puede seguir con facilidad da paso a lo que de verdad importa que es la música y las virtudes vocales de quienes le dan voz. La expresión “hay que ver la mala uva que tenía Handel para obligarles a cantar esto” fue un pensamiento recurrente mientras disfrutaba de esta historia de amor entre Ariodane y Ginevra, hija del Rey de Escocia que se ve truncada por los celos y ansias de poder del maquiavélico Polinesso.

Aproveché cada uno de los descansos para perderme por el teatro y su salones, en los que es un autentico placer tomarse una copita de vino. El edifico que se abrió en 1869 y es de corte neorenacentista, como otros muchos en la ciudad, sufrió durante la II Guerra Mundial un bombardeo que obligo a un reconstrucción que lo ha dejado espléndido y convertido en una referencia mundial. Las fotos no hacen justicia a un lugar de esos a los que volvería una y otra vez sin cansarme jamás.





En esos descansos, algo que pude percibir a la entrada, confirmé que en Viena la ópera es todo un acto social. Mucho smoking, mucho traje y mucho vestido largo confirmaron el calado social que tiene la ópera en este país. Claro que había gente que no iba de largo o etiqueta, pero los que si habían acudido vestidos de "fiesta" eran muchísimos. Mi pajarita, ponérsela siempre es algo excéntrico, me permitió estar acorde y hacerme mil fotos de elegancia relajada en uno de los sitios más elegantes del planeta.

Era el estreno absoluto de esta ópera en Viena, una autentica suerte poder asistir y experimentar, como el mismo teatro, con una novedad de hace casi tres siglos. Me gustó mucho la interpretación y la puesta en escena, por eso cuando me arranqué a aplaudir no entendí los bufidos de algunos que criticaban el montaje, que por otra parte era no solo muy adecuado, sino perfecto para la ópera que se representaba. A esos querría ver yo en algunas representaciones, sin ir más lejos la última Carmen, que he visto en Madrid. Muy mal acostumbrados estos Austriacos.

Una sola pega le doy al teatro: cada asiento tiene un moderno sistema de subtítulos soportado por una tableta en la que es posible elegir entre 8 idiomas, pues bien, el castellano no está. No fue ningún chasco porque sé el inglés suficiente como para entenderlo pero me sorprende que habiendo tantas opciones, no se acuerden de nosotros.

Cuando salimos del teatro el frío era insoportable y hasta había empezado a nevar. Nos dirigimos uno de los lugares más concurridos de la noche vienesa y que debe ser muy divertido a tenor de la gente que lo abarrotaba. Por cierto; en Viena se puede fumar dentro de los bares, algo que me chocó desde el minuto uno, acostumbrado como estoy a esta ciudad sin humo que es Madrid. Con  traje, pajarita y zapatos de borlas parecía un marciano en el lugar pero no es eso el motivo que me hizo no cenar en el 1516 The Brewing Company, sino que estaba tan atestado y nosotros tan hambrientos que decidimos buscar un lugar más tranquilo y silencioso para poder sentarnos : un italiano de lo más anodino.  Lo cierto es que después de haber estado en la ópera, podría haberme comido una bolsa de pipas y seguir tan feliz.


La noche siguió musical cuando salimos del teatro. ¿Cómo no picar y entrar en un bar donde hay un cartel con una flamenca, un gallo de Portugal y un toro con pelucas y gafas de sol? Además se incrementaba la nevada  y en algún lugar teníamos que meternos. Al entrar y tras pedir un par de cervezas ¡Zas! En la pantalla gigante del bar aparecen Aitana y Ana Guerra, concursantes de Operación Triunfo, cantando el tema que pudo colocarlas en Eurovision, Lo Malo. 

La foto es de pésima calidad, pero allí están ellas, dándolo todo en el escenario.

Luego descubrí que es una fiesta organizada por españoles pero no quita mérito de que en el local la mayoría de austriacos tuviesen puestos sus ojos fijos en el pantalla mientras movían de un lado al otro la cabeza. Bravo por ellas. Enseguida lo colgué en twitter y las reacciones me han sorprendido muy gratamente. No me gusta oír regeaton en Madrid así que os podéis imaginar que al tercer Fonsi Nieto (o sucedáneo) salimos encopetados no fuera a ser que el efecto Handel se fuera a esfumar demasiado pronto.

Mañana seguimos, queda un largo domingo después de un larguísimo sábado.
Gracias por leerme

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