42 horas en Viena / 1

Fue un regalo excepcional: una escapada de fin de semana a Viena, esa ciudad que siempre aparece acompañada de Praga y Budapest en los muy famosos circuitos imperiales que se ofertan en las agencias de viajes y, ¡qué casualidad!, me tocó tratar en uno de los ejercicios de mi recién finalizado curso de Community Manager. 



Llegando al hotel Mercure Josefshof a las 23.00 horas del viernes y abandonándolo a las 17.00 horas del domingo, estuve en la capital de Austria, una ciudad que como Josema y Victoria dicen “no pide pan”, 42 horas que aproveché al máximo.


Al salir del aeropuerto, encontré a ambos lados de la autopista que te lleva al centro de la ciudad un manto blanco de nieve que servía de presagio a las temperaturas que iba experimentar en las próximas horas. Si algo recordaré de este viaje es el hecho de que por primera vez en mi vida me enfrentaba a los 10 grados bajo cero (en los peores momentos) y a un mercurio que nunca subió de los 0.

Como siempre que llego a una ciudad, por muy tarde que sea, salgo a dar una vuelta, aunque las inclemencias del tiempo traten de impedirlo. Atravesamos la zona de los museos (volveré sobre el tema) para llevar al Naschmarkt, un mercado al aire libre (si, tienen más moral que el alcoyano) que a esas horas estaba cerrado, pero, aun así, en sus inmediaciones pudimos comprobar que en Viena se puede cenar tarde y probar nuestra primera cerveza que, desgraciadamente, no toman (o eso nos pareció) demasiado fría. El paseo nos permitió pasar por la puerta del Theater an der Wien,  uno de los tres en los que se programa ópera en la ciudad y que sirvió, junto al segundo, el Volksoper, como sede de la ópera estatal cuando su edificio estaba siendo reformado después de la II Guerra Mundial.

Así acabe el viernes por la noche. Mural en Naschmarkt.

Nuestro sábado comenzó como terminan muchos de mis viernes laborarles en Madrid : En un Starbucks. Con temperaturas bajo cero, un sol espléndido y después de un latte gigante, nos dispusimos a recorrer la ciudad empezando en Mariahilfer, la calle más moderna según la guía (más comercial, se entiende) hasta llegar al monumento a Mozart en el Burggarten, uno de los muchos parques de la ciudad que deben brillar especialmente en primavera pero que estaban realmente bonitos llenos de nieve.



Uno de los impresionantes edificios de Viena. En el mismo parque : el Neur Burg.


Si una cosa está presente en Viena más que en ninguna otra ciudad del mundo es la música. Por cualquier lugar que vayas hay referencias a ella, clásica o contemporánea, y nos econtramos bustos o imagenes de los principales compositores en muchos rincones de la ciudad. Parece como si este arte hubiese nacido allí. La de Mozart sería la primera de las muchas referencias musicales que vería a lo largo de los (casi) dos días que pasé en la ciudad.


En su honor, y gracias a los estupendos ratos que me ha hecho pasar, la obertura de Così fan tutte, una de las grandes óperas del compositor.

Después bordeando el museo Albertina, imposible con dos días visitar museos (y mira que me gusta) pero es que no tenía tiempo para todo y la visitas culturales estaban centradas, como no podía ser de otra forma, en la música, llegamos hasta el Pestsaüle, uno de los monumentos más conocidos de la ciudad.


Erigido entre 1683 y 1693 es una pieza de arte barroco de 21 metros de altura que se levantó después de la gran peste que asoló la ciudad por 1679 como resultado de una promesa para que finalizara. El monumento estaba rodeado de algunos (pocos) curiosos, nada que ver con la cola para entrar en al Apple Store que hay muy cerca de allí. No había, que yo sepa, ningún lanzamiento especial pero allí estaba la gente asistiendo al espectáculo que estaban dando los vendedores gritando y haciendo aspavientos. El lugar más animado que había visto hasta el momento.

Entramos en la catedral (Stephansdom), dedicada a San Esteban, y comenté lo mucho que tienen que aprender de las nuestras en la forma en que son mostradas. En España cuando entras a una catedral no dejas de sentir que estás en un lugar que es sagrado para mucha gente y, creas o no, inspiran respeto. En esta de Austria no dejé de pensar en lo triste que es que algunas no parezcan más parques temáticos. Me dijeron que era por la hora pero la impresión que me llevé, mas allá de admitir su espectacular arquitectura gótica, fue bastante triste. Mucho más me impresionó la muy barroca iglesia de San Pedro (Peterskirsche), no muy lejos de allí.


San Esteban y San Pedro

A la 13.00 teníamos la primera visita cultural programada así que antes paramos a reponer fuerzas, un café calentito, en un lugar de inspiración latina lleno de encanto. El Café Mendez está justo enfrente de otra de las iglesias más famosas de la ciudad, la de San Carlos (Karlskirsche) y es un lugar estupendo para hacer una parada técnica y repasar lo visto y lo que queda por ver. En ese mismo lugar, Karlplatz, encontramos otro monumento dedicado a un compositor, en este caso es Brahms. La parada me sirvió para escribir en una libretita roja del tamaño de la palma de mi mano todo lo que estáis leyendo.


San Carlos, en Karlsplatz



El 1 de enero de cada año, mientras me preparo para ir a comer donde me toque, en mi casa está puesto (como en muchas más) el concierto de año nuevo que la filarmónica de Viena interpreta desde el salón dorado de la Musikverein. Por apenas 7 euros se puede hacer una visita por uno de los templos de la música mundial que te permite sentarte por unos minutos en un lugar al que cuesta mucho (pero mucho) acceder cuando llegan los 3 conciertos más importantes que en el año se celebran allí. Los tres con idéntico programa los días 30 y 31 diciembre y , el más conocido, el 1 de enero.


Todos los años el 1 de enero...

Lástima que no dejen hacer fotos, una faena que no logro entender. Yo corrí a sentarme diciendo : “yo quiero ponerme donde Julie Andrews se sienta todos los años” y esperando que en un guiño a los visitantes sonará la marcha Radetzky, una de las composiciones de Johan Strauss más conocidas incluso por los que sabemos poco de música clásica, pero nada : muy emocionante estar en la sala pero la visitar podría mejorarse. Afortunadamente Google (cuanto he aprendido en mi curso de community manager) dispone de imágenes libres, como esta, que puedo compartir.

¿yo? el tercero por la izquierda :)

Por la tarde teníamos evento operístico así que nos volvimos al mercado que habíamos conocido el día anterior para degustar uno de los platos típicos : un Wiener Schnitzel, que no es más que un filete de pollo, cerdo o ternera empanado y acompañado con patatas fritas. Nos atendió, como suele ser habitual en esto sitios que tienen algo de turísticos, uno de esos simpáticos chicos de nacionalidad indefinida que habla todos , y cuando digo todos son TODOS, los idiomas.


Justo enfrente del lugar donde comíamos había un restaurante asiático. Nos surgió la pregunta si por algún lugar del mundo habrá restaurantes “europeos” . En un "asiático" cabe un espectro tan grande de comidas, en este caso : india, tailandesa, japonesa, china, coreana y vietnamita, que son tan diferentes que me cuesta imaginar ese restaurante europeo con paella, pasta, mejillones con crema, foie y codillo, cuando las distancias en europa son mucho menores.

El debate dio para divagar un rato hasta el momento de arreglarnos, ponernos la pajarita y estar listos para el momento más importante del viaje: el estreno absoluto de Ariodante de Handel en la Ópera de Viena. Eso será mañana.

Gracias por leerme.

1 comentario:

  1. Hola, Viena qué cómo Sevilla, es una maravilla. La he visitado en más de una ocasión y casi siempre con nieve alrededor. Edificios majestuosos, ese filetón empanado, salchichas espectaculares, tarta Sacher y su cerveza templada... muy acertada tu duda sobre los restaurantes europeos, preguntaré a mis amigos viajeros. Un beso y gracias por tu blog

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